Cómo dominar la ira

¿Cómo dominar la ira? (consejos prácticos)

Cuando era más joven, solía enfadarme con cierta frecuencia. No era precisamente una persona de mal carácter. Pero me costaba mucho trabajo ser proactivo cuando las cosas salían mal o alguien me decía algo que no me gustaba. Y tuve más de un altercado que echó al traste una buena oportunidad de negocios y hasta una relación amorosa.

Pero yo estaba convencido de que enfadarse era la única forma lógica de reaccionar ante ciertas situaciones. Así que durante mucho tiempo no aprendí la lección. No fue hasta que dos lecturas, los Diálogos de Séneca el Joven e Inteligencia Emocional de Daniel Goleman, me abrieron los ojos ante una simple realidad: la ira nunca es beneficiosa, ni siquiera en forma de simple enfado o irritación.

Ni qué decirte que la vida me dio un giro de ciento ochenta grados. Y hoy, te puedo decir que no me enfado casi nunca. Y, cuando lo hago, enseguida tomo consciencia y se me pasa. ¿Te parece imposible? Pues, si no me crees a mí, hay muchos expertos y hombres de éxito que me darán la razón.

Aunque nos han inculcado que no podemos hacer nada con las emociones, lo cierto es que esto no es más que un mito popular. En realidad, sí podemos hacer algo. Las emociones se pueden manejar y ser tomadas de las riendas para que nos sirvan a nosotros en vez de nosotros servirlas a ellas. Y la ira no es una excepción.

Una historia real de ira...

El abuelo de un buen amigo mío es coronel. Es un señor muy carismático e instruido, una de esas personas magnéticas que atraen instantáneamente a los demás y con quien se puede hablar prácticamente de cualquier tema.

Por si fuera poco, imparte clases de economía política e historia en la prestigiosa universidad de La Habana. Cualquiera podría decir que es un hombre exitoso y que podrá morir con la tranquilidad de haber hecho algo muy bueno con su vida.

Sin embargo, una vez me confesó que era un fracasado. ¡¿Por qué?!, exclamé incapaz de entender como él, precisamente él, era capaz de pensar así de sí mismo. Y él me confesó que ser profesor de la Universidad distaba mucho de ser su sueño, que con su instrucción, su inteligencia y su innata capacidad de liderazgo, podía haber llegado a ser general.

En cambio, añadió, he visto cómo algunos de mis compañeros de estudios, gente mediocre y sin inteligencia, han llegado a rango de general e incluso gozan de una gran influencia política en su país (cuyo nombre prefiero no decir). ¿Y sabes cuál es el motivo?, me dijo. Alcé los hombros con completa perplejidad. Por mucho que lo pensara, la respuesta no me venía a la cabeza.

Por la ira, concluyó.

¿Por la ira?

Sí, por la ira. Actualmente, era profesor de la Universidad porque había sido despojado de todos sus grados debido a un altercado que, casi treinta años atrás, tuvo con un superior. Pero no fue el único, añadió, en realidad tengo un largo historias de peleas desde que estaba en la Academia. A duras penas llegué a coronel, y luego, por ese altercado, perdí mi rango y fui rebajado a capitán. Luego me lo restituyeron, pero ya no había vuelta atrás. Ahora tengo que conformarme con dar clases hasta que me muera.

Este relato me estrujó el corazón, lo confieso. Pero como individuo proactivo extraje una moraleja. Aunque no era algo que me había sucedido a mí, me serví de advertencia y de lección. Una lección ajena, digámoslo así.

Y es esta: la ira puede truncar tus sueños.

No importa qué tan inteligente seas ni cuánto talento exuden los poros de tu piel. Tampoco importa el carisma que tengas (ese señor era, y siempre fue, lo que podríamos llamar un “hombre magnético”). La ira, sin ayuda de nada más, puede destruir todo por lo que has luchado y llevar tu vida al fracaso. Así de simple.

La ira, las relaciones interpersonales y los sueños

Como sabes, las habilidades sociales y la capacidad para crear alianzas son la clave del éxito. Lo son más, de hecho, que las habilidades académicas, el desempeño en el trabajo y la voluntad de triunfar. Si no dominas este ajedrez social que constituye la vida de un ser humano, no llegarás a ninguna parte.

Uno de los principales obstáculos en el desarrollo de cualquier tipo de relación, ya sea de amistad, amorosa o laboral, es la ira. Pero no entiendas la ira solo como apretar los dientes o gritar y lanzar cosas. Ese es, por decirlo así, un extremo de la ira.

La ira en realidad es un gradiente en uno de cuyos extremos está el simple enfado, y en el otro, lo que llamamos “estallidos de ira”. Y, en el medio, hay un infinito degradado de tonos de la ira. Y todos ellos son perjudiciales.

¿Todos ellos?, dirás. ¿Hasta el simple enfado? Sí, hasta el simple enfado es perjudicial. El problema con el enfado es que, por pequeño que sea, puede condicionar tu emociones, pensamientos y decisiones durante mucho tiempo (desde minutos hasta días enteros) debido a la secreción de catecolaminas que se produce. Esto lo explica muy bien el psicólogo Daniel Goleman en su libro Inteligencia Emocional, un título que recomiendo leer sin pensármelo dos veces.

En otras palabras, mientras más te enfades, más enfadado estarás todo el tiempo. Y eso afecta negativamente todo lo que hagas, pero en especial tus relaciones con las demás personas.

Una persona cuyo estado de ánimo normal es amargo, trata a los demás con hostilidad. Y, aunque lo disimule muy bien, los demás se darán cuenta a través de tu lenguaje corporal e incluso tus microexpresiones. Con el tiempo, te das cuenta de que no le puedes caer realmente a nadie ni formar lazos estrechos de amistad o en tus relaciones de trabajo.

Además, al estar llenando tu sistema con catecolaminas (cuyo efecto puede ser, como ya vimos, bastante duradero), cada nuevo enfado sobre “sobrecarga” aún más el sistema, por decirlo así. Y tarde o temprano, un pequeño evento que podrías haber manejado proactivamente, desencadenará un altercado con alguien.

Y es que, como dice Daniel Goleman, “el enfado se construye sobre el enfado”.

¿Conclusión? Que es más fácil verse envuelto en un estallido de ira si te enfadas con frecuencia que si evitas a toda costa el enfado. Es como estar llenando y llenando el tanque del coche. Eventualmente, se desbordará y la gasolina se dispersará por el suelo. Y si por casualidad una colilla cae…

Sí, así de perjudicial puede llegar a ser un simple enfado.

Eso por no hablar de otros tonos más intensos de la ira, como la rabia, la cólera, etc. Montar en cólera nunca trae nada bueno. Eso lo sabemos, pero nunca lo impedimos.

El problema es que, cuando estamos encolerizados, cuando la ira nos posee, ¡siempre creemos tener la razón! Eso nos reinvidica y nos da razones para alimentar la cólera, llegando a veces al límite de destruir dañar psicológicamente (y el algunos casos, físicamente) a la otra persona.

Así, creyendo que tenemos razón, cegados por un estado que nos posee como en una película de exorcismos, alimentamos una emoción que puede destruir relaciones, oportunidades y hasta tus mismos sueños. Y después viene el arrepentimiento, siempre viene el arrepentimiento.

Si el abuelo de mi amigo hubiera tenido un carácter más apacible, no habría llegado a montar en cólera contra su superior. Y quizás habría llegado a ser general, en vez de tener que conformarse con ser un simple profesor de universidad.

¿Cómo combatir la ira?

Bueno, ya te he hablado bastante de la ira y las consecuencias que puede tener. ¿Pero cómo combatirla? ¿Cómo dejar de enfadarse y de estallar cuando las cosas no salen como queremos…? Esa es la pregunta del millón de dólares. Pero, por suerte, tiene respuesta y esta bastante simple:

Para combatir la ira, tienes que hacer dos cosas:

1. Convéncete de que la ira nunca es beneficiosa.

Me refiero a convencerte de verdad, a llegar a esa certeza interior de que, en ninguna circunstancia, enfadarte puede ser mejor que reaccionar con ecuanimidad y elegancia. Si llegas a una firme convicción de esto, créeme que tendrás la mitad del camino recorrido.

Esto es lo que yo llamo un cambio de paradigma. Y para que haya tal cambio, necesitas dos cosas: razones y un modelo a seguir. Para encontrar las razones, te recomiendo dedicar en serio un tiempo a reflexionar sobre la ira. Esto es algo que casi nunca hacemos, ¡reflexionar! 🙂

Sopesa los pros y los contras. ¿Qué gano con el enfado, la rabia, la cólera…? ¿Qué pierdo? Si quieres, anótalo en una libreta o pon una lista de pros y contras en el refrigerador, como mejor te funcione. La idea aquí es que interiorices, en tu fuero interno, la realidad sobre la ira: su inutilidad, sus inconvenientes, las consecuencias a largo plazo, etc.

Y si haciendo esto no llegaras a convencerte lo suficiente, te recomiendo leer el capítulo sobre la ira de los Diálogos de Séneca el Joven. Séneca es Joven fue un exitoso escritor, orador y político hispano que llegó prácticamente a gobernar Roma durante los reinados de los emperadores Claudio y Nerón.

Y, en sus Diálogos, da algunos de los argumentos contra la ira más convincentes que he leído en mi vida. Créeme que al terminar de leerlos (son textos muy amenos, por cierto), estarás más que convencido de que la ira nunca es racional ni beneficiosa. Es decir que te dará razones de sobra contra la ira. Y además un modelo de éxito a seguir.

Lee este artículo y descubre Cómo tener un control efectivo sobre tus emociones

2. Aplica la atención plena al enfado

Como sabes, la atención plena es la habilidad de reconocer nuestras emociones y analizarlas justo en el momento en que surgen. Es una habilidad que puedes desarrollar día a día observando tus propias reacciones, pensamientos, actos, etc. Aunque al principio puede ser difícil, ya que no estamos acostumbrados, eventualmente te acostumbrarás a ser plenamente consciente de ti mismo.

Y una de las emociones a las que más debes prestar atención es a la ira. En su libro Inteligencia Emocional, Daniel Goleman nos propone una excelente forma de apaciguar la ira mediante la atención plena:

(…) prestar la máxima atención y darnos cuenta de los pensamientos que desencadenan la primera descarga de enojo (...). El momento del ciclo del enfado en el que intervengamos, resulta sumamente importante porque, cuanto antes lo hagamos, mejores resultados obtendremos. De hecho, el enfado puede verse completamente cortocircuitado si, antes de darle expresión, damos con alguna información que pueda mitigarlo.

Es decir que, mientras más rápido notes que estás molesto y detectes los pensamientos que ocasionaron esa molestia, más fácil te será no solo evitar la escalada hacia niveles superiores de la ira, sino cortar el enfado en ese preciso instante.

Si en el acto de tomar consciencia plena de tu enfado, traes a tu mente la razones por las cuáles estas convencido de que la ira nunca es beneficiosa ni siquiera cuando es poco intensa, te será mucho más fácil todo. Por eso es tan importante el paso anterior que te expliqué, el del autoconvencimiento.

Puedes practicar esto a diario con cualquier cosa que te molestes. ¡Tendrás oportunidades sobra para practicar!  Cada vez que notes un pequeño enfado 😉,  el más mínimo que sea, observa tus pensamientos y date cuenta de que ni la más pequeña molestia vale la pena.

Verás que, con el tiempo, los resultados serán sorprendentes: serás una persona mucho más tranquila, ecuánime y con un excelente sentido del humor. Te irá mejor en tu trabajo y en tus relaciones interpersonales, y todas las cosas fluirán con mayor facilidad hacia tus metas.

Así que, si me preguntas, ¡vale la pena el esfuerzo!

5 1 voto
Article Rating
Susríbete
Notificar de
guest

0 Comments
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
Scroll al inicio